sábado, 4 de junio de 2016

Dime, espejo mágico… ¡Gordito y bien! / JRP

Casi a punto de celebrar mis primeras cuatro décadas de vida, hecho el tiempo atrás y recuerdo al niño larguirucho y flaquito que fui. A los 15 y a los “ventipiá” también lo era.
Con los 30, llegaron las “libras” y aparecieron los inesperados “salvavidas”. Pero de tal cambio me percataba solo cuando me encontraba a algún conocido o amigo(a) pues luego del saludo, venía el invariable: “Oye..., que gordito estás”.
Si esa fuera la reacción de todos los conocidos, los que estamos pasados de peso, pudiéramos catalogarlo como un elogio. Quienes fuimos flacos y hoy somos “gorditos”, tenemos que aguantar a veces que “amigos” nos digan: “¿Muchacho y tú qué estás comiendo?, ¡estás deforme!”… mientras su mirada se vuelve una incómoda cinta métrica para abarcar los supuestos volúmenes vergonzantes. Lógicamente con amigos así, los enemigos sobran.
¿A dónde quiero llegar? Hay normas elementales de la educación formal que aprendemos en la escuela de la vida, más bien de la familia, que por la sencilla razón de la discreción, cuando nos encontramos con un amigo o familiar que no veíamos hace tiempo, si este ha aumentado de peso nada nos da derecho a rayar en lo ofensivo con aquello de que “¡estás deforme!”.
La vida es diversa, nada es igual, y es cierto que la obesidad constituye un problema real de salud, pero existen otras maneras de llamar la atención de alguien a quien estimamos, y muchas veces nada tiene que ver una complexión física robusta con obesidad.
Esos comentarios indiscretos, mal educados y hasta ofensivos, sin duda alguna dan muestras de falta de educación. No sería mejor que cuando nos encontremos con alguien ya sea flaco o gordo, con un cuerpo espectacular con los “cuadritos” en el abdomen o con los “salvavidas”, le mostremos nuestra alegría de encontrarle.
No dudo para nada que aquellos que lanzan los comentarios “pasaditos de peso” lo hagan con la intención de ofender, estoy seguro de que no es así. Es que esta práctica tan desagradable se ha convertido en algo tan común que ya pasa por normal, aunque no lo es.
Los actuales patrones de belleza que nos imponen los medios de comunicación, sobre todo con aquellos “bodrios” que llegan vía “paquete”, por lo general son inalcanzables para más del 90 por ciento de las personas, y si para un hombre hecho y derecho, dichos comentarios son repulsivos, qué les parecerá mujeres o muchachas y muchachos jóvenes.
Día a día la vida nos demuestra que lo que verdaderamente vale en las personas no es su físico, sino aquello que llevamos dentro, lo que somos capaces de hacer por los demás, más allá de ser flacos o gordos.
Ciertamente lo estético tiene una cuota de valor, sobre todo cuando va aparejado a lo saludable, pero no podemos convertirnos en esclavos de patrones de belleza muchas veces de ficción, mucho menos para agradar a aquellos que se arrogan el derecho de andar "pesando" a uno.
Pudiera terminar estas líneas aconsejándole a los gorditos que cuando Mr. Indiscreto venga con su comentario “pesao”, no cojan lucha, a fin de cuentas, él no les dio un centavo para lograr las libritas de más… Pero prefiero decirle a Mr. Indiscreto que cuando se encuentre con el “gordito”, le dé un abrazo y le diga: “Oye que alegría me da verte, cómo estás, cómo está tu familia”.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Cubanía: Esa extraña sensación que nunca muere / JRP

Más que una simple palabra o un concepto, la Cubanía, a juicio de este autor, es todo aquello que nos identifica como hijos de esta isla que abarca desde el Cabo de San Antonio, en Pinar del Río, hasta la Punta de Maisí, en Guantánamo.
Desde las verdes palmeras de nuestros campos, el riachuelo que va sorteando su curso por entre las piedras, el humo de la leña que sale de la cocina de una casa de tablas y techo de guano en cualquier paraje de este verde caimán, el aroma del café, o los boniatos asándose entre las brasas del carbón, esto que parece la descripción de un cuadro paisajista, eso es Cubanía. Solo preguntémosle a cualquier cubano qué ha sentido cuando en otra nación se para ante una obra plástica como la aquí descrita: el corazón se acelera, las lágrimas brotan incontenibles de los ojos, y eso que siente es cubanía.
Cubanía es también amar sin medida a la mayor de Las Antillas, aún con sus limitaciones, sus colas, su calor excesivo, el camión o la guagua que no pasa, la libreta de abastecimiento, la comida escasa y la bolita de pan duro y sin grasa… ¿para cuidarnos de las libras de más…?
Esta condición de sentirnos cubanos viene desde el cacique taíno Hatuey, desde el presbítero Félix Varela y Morales, desde Carlos Manuel de Céspedes, Antonio Maceo, su madre Mariana Grajales, o desde el holguinero Calixto García y, por excelencia, desde nuestro apóstol José Martí, todos ellos, patriotas excepcionales quienes con su legado inmortal nos sembraron en el corazón la cubanía.
Estos cubanos de singular raigambre, marcaron el camino que siguieron otros, quienes en el centenario del natalicio del Apóstol, pusieron el dolor de la nación por encima de cualquier interés personal y en las lomas del oriente, forjaron la Revolución que el Primero de Enero de 1959 llegó con Fidel, Raúl, Almeida, Camilo, Celia y Vilma, entre otros, y cambió por completo el destino de este país. Revolución que trajo el aire fresco y la lozanía de las nuevas cosas. El pueblo cubano la ha acompañado todos estos años y la siente como la madre, esa madre que es también la Virgen de la Caridad del Cobre a la que Céspedes le pidió por esta isla, la que nos ha acompañado en todas nuestras luchas, la que supo perdonar a quienes le dieron la espalda porque sabía que todo un pueblo la llevaba en lo más hondo de su corazón, eso también es cubanía.
Como también lo es Fernando Ortiz, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Rita Montaner, Bola de Nieve, Benny Moré, Cintio Vitier, Los Van Van, Alicia Alonso, como mismo hacen la patria Celia Cruz, Gloria Estefan y otros tantos que desde la distancia se llevaron a su patria en el corazón, como la llevan impregnada aquellos que hoy le dicen adiós sin dejarla de amar y lo hacen desde esa condición de cubanos que es la cubanía, esa que no implica estar físicamente en la geografía para amar a su tierra, porque ser cubano va más allá de cualquier ideología, filiación, raza, preferencia sexual o grado científico, porque la patria es lo mismo del médico que hoy salva vidas en el más intrincado paraje de la Sierra Maestra o en cualquier país del mundo, que el campesino que desafía al sol para trabajar la tierra o del que está de pie diez horas en un supermercado en Miami, porque la cubanía es más que estar aquí o allá, la cubanía es esa extraña sensación que, a pesar de todo y contra viento y marea, nunca muere.

viernes, 22 de abril de 2016

La cuarta Lucía… la primera Beatriz / JRP


Si Humberto Solás hubiera visto la cuarta Lucía, estoy seguro que a la legendaria trilogía de 1968 le hubiera sumado otra historia, la de Eduardo Eimil, interpretada “bestialmente” por la actriz Beatriz Viñas. La actriz se despoja de cualquier atadura para mostrarnos el conflicto de una “Ingrid Rodríguez” que pudiera ser también el de cualquier artista de las tablas, la televisión o el codiciado y anhelado séptimo arte.
Orgánica y convincente son dos calificativos que le vienen a la caja a la ¿frustrada? actriz, —refiriéndome a I. Rodríguez, claro está— quien asume con singular naturalidad cada uno de los roles que le tocan en este desfile de “complejas mujeronas”. Quizás sea un poco pretencioso de mi parte decir que esta cuarta Lucía viene a marcar un hito en la carrera de Viñas cuando la recuerdo con un personaje tan grande como el que encarnó en Utopía de Arturo Infante.
Mas como es la que nos ocupa “quitémosle la ropa” a esta Lucía-Ingrid. Si bien es cierto que una puesta en escena floja —que no es el caso de este exquisito monólogo— una buena actriz la puede levantar, Beatriz enaltece con su interpretación de lujo, con los matices exactos, lo que en materia audiovisual llamaríamos las transiciones, es una verdadera delicia.
Sustentada en algo tan común como lo es un casting, ¿común? cabría cuestionarnos, cuando a veces este concreta en buen modo el destino de un actor, lo llena de gloria o de… desconfianza en sí mismo. “La Reina de los casting” como se autodefine Ingrid solo viene a dejar el brillo sobre el nuevo escenario que le regala el Cine Pobre a la encantadora Gibara.
En algún momento de la puesta la actriz en busca de personaje-trabajo menciona a Idalia Anreus, y nos viene enseguida esa grande que Humberto consagró en pocos minutos con aquella “loca” exquisita, cuando con ese vozarrón dice un texto devenido ícono del cine cubano: “Una gardenia mamá, una gardenia”, que inmortalizó la primera Lucía Raquel Revuelta.
Eimil sabe explotar al máximo las excepcionales condiciones de Beatriz Viña, la reta una y otra vez, la pone a caminar por una cuerda floja en la que la actriz, diría yo, las actrices, tanto Viña como Ingrid salen airosas y robándose no pocos “Bravos” y los prolongados aplausos del público.
Merecidos gestos de elogio para con las actrices, y hasta me atrevería a agregar yo, que esos aplausos eran también para Raquel, para Eslinda y para Adela, y por qué no para todas esas actrices que han hecho grande a no pocas mujeres en el cine y el teatro en esta isla.
Y a quién no se le estrujó por un momento el corazón y hasta una lágrima sobrevino incontenible cuando Adela Legrá, una de las “muchachitas” de Humberto, abrazó a Beatriz, le agradeció, y ahora me pregunto, qué sentiría Adela al verse encima del escenario a través de la intérprete, porque sin dudas un pedacito de esta historia lleva su nombre.
Si algo tengo que señalar a la puesta en escena es el uso del “video”. No es que le quede mal a La cuarta Lucía, pero es como que ya el teatro no puede vivir sin este recurso, y si bien no debemos estar de espaldas a los adelantos tecnológicos, no tenemos por qué hacernos esclavos de estos. Ni a Ingrid, mucho menos a Beatriz le hacía falta el video proyector, como tampoco lo necesita la puesta.
En estos tiempos de “fusiones” unas veces más saludables que otras, los teatristas debían apostar más por una función genuinamente teatral, sin hojarascas o artificios que a veces lejos de aportarle a la puesta, le crean un vericueto, a mi juicio, a veces innecesario, y tómese esto como una “muela” para el teatro cubano contemporáneo, no tan así para La cuarta Lucía.
Dejé para el cierre de estas líneas la música que escogió Eimil para la puesta. Quizás se vio comprometido a emplear buena parte de la banda sonora de la Lucía de Solás. Pudo ser una camisa de fuerza pero no lo vi así, más bien le otorga a la puesta un tono melancólico, doloroso, quizás tanto como el dolor que lleva por dentro Ingrid.
Finalmente pregunto, quién no disfruta de la música de Lucía, ya solo por esto La cuarta… tiene un mérito ganado casi de gratis, pero tiene otros, varios para ser más justo, y los alcanza con la inteligencia de su director y la espectacular interpretación de la protagonista. ¿Quién no disfrutó de este homenaje a las actrices cubanas? Los aplausos que devolvieron la vida al viejo Teatro Colonial de Gibara dieron fe de todo lo dicho./Foto: Lázaro Wilson